Cumplió al pie de la letra el programa. Pero un extraño comentario encajado por la mañana, en la barbería, le impidió disfrutar del resto de la jornada tanto como hubiera deseado .
El día había amanecido algo nublado, aunque no hacía demasiado frío, teniendo en cuenta la época del año. Caminó tres o cuatro manzanas desde la puerta del penal antes de detenerse y levantar la vista del suelo. Respiró hondo, como si de tal forma pudiera llenarse de golpe de ese aire exterior tan distinto del que respiraba cada día en el patio. Necesitaba purificarse.

La barbería tenía la persiana bajada. Un parroquiano del bar contiguo reconoció al Rubio y salió a saludarle. Después de contarle cuatro cosas sobre la marcha del barrio, le explicó que el establecimiento llevaba cerrado varios meses, y le dio la dirección de otro sitio donde, aseguró, "te harán un buen trabajo".
El Rubio localizó la dirección y entró en el local, de aspecto impersonal y totalmente vacío. Tomó asiento.
- ¿Cómo lo quiere?
- Muy corto
- De acuerdo. ¿Y las patillas?
- Pues... marcadas, bien marcadas- dijo, mirándose de perfil en el espejo.
- Marcadas, como tus cartas - añadió entre dientes el barbero.
El Rubio no podía creer lo que acababa de oír. Aquellas extrañas palabras, de hecho, estaban tan fuera de lugar y habían sido pronunciadas de una forma tan débil que incluso llegó a pensar que no había escuchado bien. El caso es que tardó demasiado en reaccionar, así que su inseguro "¿Cómo dice?" sonó también extraño. Por si fuera poco, el barbero no se molestó en contestar a su replica. Luego, como si nada, se puso a hablar de mil asuntos sin importancia, e incluso se permitió recomendar a su solitario cliente un lugar donde poder echar unas partidas.
¿Pero qué había querido decir aquel tipo, si es que de verdad lo había dicho? Quizás sólo estaba pensando en voz alta, conjeturó El Rubio. Sí, sería eso. Además, no parecía tener todos los tornillos en su sitio. Y encima estaba medio sordo.
- ¿Cómo lo quieres?- escuchó de nuevo, unas cuantas horas más tarde, ahora de labios de una filipina medio desnuda. Y durante unos interminables segundos no supo qué contestar, pues aún seguía dándole vueltas a aquella frase misteriosa, amenazante como una navaja.