Unos dicen que ir a echar unos dados, otros que unos tragos, muchos que ir a ver a una amiguita, alguno que ver a sus hijos, los más, volver a esconderse de las cuentas pendientes, hay de todo. El austral siempre dice que él nunca mirará atrás, pero siempre nos cuenta lo de los aviones y lo de siempre.

Y tendré que llevarle el paquete a mi tía, si quiero salir bien parado de ésta. Mi tía hacía dulces.
El olor aquel de los dulces antiguos. Ni el olor de la humedad, ni el olor de los barrotes de metal, ni el olor a orines de las letrinas, ni el olor a grasa y a madera quemándose de la serrería, ni el olor del desinfectante de la lavandería, ni el olor del sudor de los negros que juegan al béisbol, ni el olor de la naftalina cuando nos dan el uniforme nuevo, ni el olor de la ropa vieja que me tapa por las noches, ni el olor a medicamentos de la enfermería, ni el olor de las bolsas de lona cuando se llevan a alguno de la enfermería. Nada de todo eso me ha borrado el olor, el dulce perfume de los dulces antiguos.
Antes de ir dónde mi tía, creo que no podré evitar comerme algunos dulces como aquellos antiguos.